Bledchen Bazar


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La vida es una cabellera

En los días de lluvia siempre pienso esto, cuando veo a mujeres con el pelo encrespado, empapado o aplastado bajo una capucha.

Hay mujeres dominadas por su pelo. Intentan domarlo, domesticarlo, reconducirlo, gobernarlo; pero el pelo se alza victorioso, o se queda chafado pero igualmente triunfante.

Otras mujeres se acomodan, se dejan llevar por él. Se conforman, podríamos decir.

La vida es como una cabellera que se enreda, se encrespa, se retuerce. A veces brilla, se alisa, se deja hacer; pero otras se ensucia y enmaraña y nos hace sentir feas y descuidadas.

Sí. Definitivamente, la vida es eso. Nudos, enredos y ratos de brillante suavidad.


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Saltar al vacío

En mi vida anterior conocí a un suicida.

Un hombre normal, con una vida normal y una familia normal.

Un hombre que trabajaba en algo que le gustaba, que participaba en proyectos solidarios, en obras sociales, en todo tipo de actividades culturales. Un hombre que seguía estudiando. Un hombre que, según todos, “estaba lleno de vida y de ganas de hacer cosas”.

El hombre se mató, así de repente, y nadie lo entendió.

Bueno, yo sí. Yo me di cuenta de que aquel hombre no estaba lleno de vida y de ganas de hacer cosas. El pobre estaba llenando los huecos con todo lo que encontraba para que no se colaran el horror y la desesperanza; pero debieron de encontrar algún resquicio y se le metieron hasta lo más hondo.

El hombre no quería hacer todas aquellas cosas. Solo se estaba sujetando a ellas para no caer…

Te lo dije hace tiempo, ¿recuerdas? Todos necesitamos asideros cuando la vida se encabrita.


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El rayo verde

Según el diccionario, el rayo verde es el “destello vivo e instantáneo que a veces se observa al trasponer el Sol el horizonte del mar”.

Nunca he visto el rayo verde, a pesar de que llevo tiempo viviendo junto al mar. Dicen quienes lo han visto que es algo hermoso y mágico, y no lo pongo en duda.

Ayer vi mi particular rayo verde: volvía a casa caminando junto a la carretera y el viento mecía suavemente los árboles. Los troncos más delgados y flexibles se cimbreaban con una cadencia secreta, como bailando al son de una música que yo no llegaba a percibir. Fue hermoso y mágico, como el rayo verde.